En esta entrada semanal he decidido contaros la experiencia personal del abuelo de un amiga.
Este señor, era un hombre de buen corazón que residía en Sevilla capital, dónde era propietario de una serie de viviendas.
Su hija cuenta que estas viviendas las tenía alquiladas y que cada mes le costaba más cobrar el alquiler de éstas. La verdad es que su padre conocía a todos sus inquilinos, ya que cada cierto tiempo tenía que ir a pedirles por favor que le depositaran su dinero, a excepción de un solo propietario que cada mes le ingresaba religiosamente su dinero.
Contándoos un poco más sobre este buen señor. Me gustaría contaros que él y su esposa, junto con sus hijos asistían a misa todos los domingos y allí en la puerta de la iglesia siempre se encontraban al misma mendigo con el que llegaron a coger incluso amistad de tanto verlo por allí. A este mendigo, llamado Juan, este señor le echaba cada Domingo unas buenas monedas y, además, su esposa siempre le llevaba algo de comer. Esta familia sentía mucha empatía por este señor. al que incluso sus hijos iban a visitar cuando salían del colegio para llevarle algún que otro regalo realizado por ellos mismos.
Lo que nos se esperaba esta familia es que el tal Juan, ni se llamara así ni fuera pobre.
Un día avisaron a éste señor de que en el piso que jamás le había dado problemas estaban formando muchísimo escándalo y no los dejaban conciliar el sueño. Así que este señor a la mañana siguiente, decidió ir a aquella vivienda a hablar con su inquilino, y así hacerle conocer la opinión de los demás residentes para que no volviera a suceder.
Cuando llamó al timbre cuál fue su sorpresa, pues que le abrió la puerta el tal Juan.
Juan cuando vio al hombre se quedó blanco, pero más lo hizo este señor.
El señor le preguntó que por qué pedía cada día y que por qué se había reído así de su familia que lo único que había hecho era ayudarle, y éste le respondió que por pura ambición y pocas ganas de trabajar. Le dijo que era mucho más cómodo sentarse ahí a esperar que te dieran todo hecho. Y, además, le confesó que su verdadero nombre era el de Javier.
Desde entonces éste señor dudaba mucho cada vez que le tenía que echar una moneda a alguien que pedía en la calle y de hecho llegó un momento en que dejó de hacerlo, por temor a que se volvieran a reír de él.
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